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El discurso presidencial destila cada vez más desprecio e insolencia: La “inoportuna” inflación, aparente causa



Como una pieza de música clásica, que a medida que se desarrolla va subiendo de intensidad, de esa misma forma se ha endurecido, con visos de menosprecio y hasta de insolencia, el discurso del Presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador.

Cuatro años después de su arrollador triunfo electoral, tal parece que el verbo iracundo del mandatario es el mejor indicio de que, gradualmente, su popularidad va en descenso, aunque engañosos sondeos de opinión, cuya metodología no se conoce públicamente, indiquen lo contrario.

Ya falta poco menos de un año para que ocurra el primero de esos momentos clave –las elecciones para Gobernador del Estado de México— y se pueda observar el retroceso de la fuerza e influencia que en un momento llegó a tener López Obrador

En esa disímbola entidad conviven pobreza y riqueza, la modernidad tecnológica y la ignorancia –entendida esta como el desconocimiento hacia los avances–, ideologías conservadoras y arraigadas tradiciones, lo cual debe de ser la prueba de fuego para el vago concepto de la 4T.

Y es que cuál transformación se ha dado en el país, a menos que esta se entienda como la división de familias por cuestiones políticas, el enfrentamiento de un pueblo trabajador con una casta de zánganos (los grupos delictivos) que les arrebatan un día sí y el otro también el fruto de su esfuerzo.

¿O acaso formarán parte de la transformación los asesinatos en serie de mujeres, la impunidad rampante que es un elemento inequívoco de corrupción y el auge desenfrenado de infractores de la ley a los que ninguna fuerza policiaca o de seguridad les pone un hasta aquí?

Y de encima tenemos que “tragarnos” todos los días las ofensas y los insultos de un jefe del Ejecutivo cuya misión debería de ser procurar la concordia de todos sus gobernados, mediante la aplicación de la justicia, o sea, dar a cada quien lo que merece.

“AMLO cada vez se enoja más” fue el encabezado de una nota del portal del diario capitalino El Universal, publicada a principios de febrero pasado.

Ya tiene cinco meses esa información y parece que fue escrita ayer, porque es común, como se indica en el texto, “ver públicamente a Andrés Manuel López Obrador día tras día más enojado”.

“Su presidencial molestia se manifiesta con cada vez más sectores y se expresa con un lenguaje más y más beligerante y ofensivo para sus críticos o simplemente con quien no coincide con él o su gobierno”, apunta la información de marras que no ha perdido ni un ápice de su vigencia.

El Presidente sabe que la economía, particularmente la inflación, jugará en su contra, luego de que él mismo anunció que el fenómeno de la carestía se quedará entre nosotros al menos en 2023 y quizás hasta el 2024.

La inflación, sobra decirlo, “empequeñece” el dinero, y ello aumentará los problemas del pueblo trabajador para solventar los gastos familiares.

Todo sube todos los días, no sólo la papa y la cebolla, y ello provocará una inevitable mirada de reproche al Gobierno de la 4T, que cree mantener su nivel de popularidad tan sólo con el subsidio a la gasolina.

Y desde luego, como un disco rayado, como un incisivo “cuchillito de palo”, López Obrador volverá a arremeter en contra de los adversarios, “sus clientes selectivos” a los que ataca cuando así se le antoja.

Por ejemplo, volverá a irse en contra los periodistas Carlos Loret, Denise Dresser y Carmen Aristegui, o bien contra el comediante político Brozo personificado por Víctor Trujillo, o contra el empresario Claudio X. González.

También, como hace periódicamente, descargará “su enojo contra los mexicanos que cuentan con estudios superiores, a los que critica porque mayoritariamente rechazan su gestión frente a los pobres que, asegura, apoyan a su Gobierno”.

Al principio llamaba a estos grupos integrantes del “bloque conservador”, pero ahora, como la pieza de música clásica que va subiendo de tono, ya los considera López Obrador “traidores a la patria”, concepto infamante en otros tiempos, pero “falta innocua” ahora, al despojarlo de su verdadero y grave significado.

Igualmente, hay ofensas presidenciales que nunca se olvidarán como la lanzada contra la comunidad judía al ofender a uno de sus miembros, el opositor Carlos Alazraki, imponiéndole el adjetivo de hitleriano.

Y menos se olvidará la Iglesia Católica de la insultante mentira presidencial de que está al servicio de una oligarquía que pretendería derrocarlo, luego de sufrir el asesinato de dos de sus pastores jesuitas en la Zona Tarahumara.

Ahora, ante la proximidad de las elecciones en el Estado de México, seguramente López Obrador tenderá su “manto protector” sobre Delfina Gómez, actual secretaria de Educación.

De la misma forma que se ha lanzado para defender y exaltar a funcionarios señalados como corruptos o ineficientes, así intentará López Obrador proteger a Delfina, a quien ya se da como la “consentida” de Palacio Nacional que aparecerá en las boletas electorales del Estado de México.

Delfina, como se ha hecho público, está acusada de despojar en su gestión como alcaldesa a los trabajadores del Ayuntamiento de Texcoco del diez por ciento de su salario para canalizarlo a Morena. Esto, desde luego. no es corrupción para el mandatario
“Así las cosas –plantea el texto de febrero pasado–, con un López Obrador cada vez más enojado y que no tiene empacho en aplastar con su gigantesco poder desde la tribuna de Palacio Nacional a todo aquel que denuncie o exhiba los errores, fallos o corrupción dentro de su gobierno, su partido y la llamada Cuarta Transformación, hay que ver en qué termina la ira presidencial”.

Una prueba más de que el discurso presidencial, a diferencia de los medicamentos que tanto escasean en ISSSTE e IMSS, no tiene fecha de caducidad en este sexenio.

CIUDAD DE MÉXICO

26 de Julio de 2022

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