Amaneceres de 26 a 28 grados y mediodías de 41 a 45 grados nos dejan exhaustos: Y las lluvias, ¿para cuándo?

No habían dado las ocho de la mañana de este último sábado, 18 de abril de 2020, y un letrero luminoso, implacable, ya nos advertía que había 26 grados.

El pronóstico meteorológico cotidiano era todavía peor: Debíamos esperar una temperatura máxima de 41 grados en la Península de Yucatán.

Escaso viento. Si acaso, una tibia racha procedente del Poniente. Un viento enfermizo, muy opuesto al que generalmente sopla, más benigno, del Norte y del Oriente.

Si Joaquín Sabina alguna vez “estalló” en una de sus canciones contra “quien nos ha robado el mes de abril”, en Yucatán tendríamos que descargar nuestro resentimiento contra quien nos ha “robado” la Primavera.

No hemos pasado, como normalmente ocurre, de las bajas temperaturas del invierno, con mínimas de 8 a 10 grados en el Sur de la Península, a más frescos registros matutinos, entre los 15 y los 18 grados.

Por lo contrario, la Naturaleza se ha “saltado” la Primavera y ha llegado con amaneceres veraniegos y crepúsculos nocturnos de 26 a 28 grados, para culminar con mediodías y tardes hirvientes, de hasta 45 grados.

Y nada que hacer, en este Prima-Verano de coronavirus, más que esperar, con la paciencia que dan los años, que llegue lo único que puede moderar nuestros sudores y saciar nuestra sede: El agua, en la forma de lluvias pertinaces pero no tan copiosas que amenacen con ahogarnos.

Porque ahora, hay que “hablar” con precisión a la Naturaleza para que no vaya a desatar su “furia desencadenada” contra nuestra inerme e impotente Humanidad.

Así, han cambiado los tiempos.

| HECHO DIGITAL | CDMX | 20/IV/2020 |