Una de las pruebas de ello es la ira ciudadana que se observa por doquier: Sin educación somos una maraña de bestialidad

VICTOR ISOLINO DOVAL(1)

Educamos para alcanzar civilidad. Por eso, la educación exige tener puesta la mira en los otros. Lo escribió Richard Sennett en El declive del hombre público: “La civilidad existe cuando una persona no se transforma en una carga para los demás”.

La CDMX cierra el año convulsamente. El 25 de noviembre, decenas de miles de mujeres mostraron su rabia ante la ineptitud del Gobierno y la indolencia ciudadana. Como en agosto, varios monumentos acusaron recibo de la indignación provocada por los crímenes de la misoginia.

El 11 de diciembre nos enteramos del suicidio de una estudiante universitaria. Uno de tantos. La causa: Presiones desmedidas en aras de alcanzar cierto nivel académico. Estos casos y otros más convergen en un punto: La educación.

Mucho se opina al respecto de esta generación. Que si despertó con el sismo de 2017, que si están más al pendiente de la ecología, que si son nativos digitales, que si nos van a superar, que si son de cristal, etc.

Hay un vacío educativo. ¿Para qué educamos? Para lograr que cada uno se haga responsable de sí ante los demás. Educación no es adiestramiento. Ni profesionalización a partir de ciertos saberes. Tampoco es alfabetizar. En los campos escolares tiende a privilegiarse a los medios sin considerar la finalidad de aquello. Se adiestra en la robótica, pero no se explica por qué. Con la educación, el educando se descubre a sí mismo. ¿Quién soy? ¿Por qué soy eso que soy? ¿Para qué? ¿Qué hacer ante la adversidad? Quien halla las respuestas es el propio educando. Tal vez ese sea el principal reto educativo.

El ser humano nace incompleto. A diferencia de otros vivientes, en él todo está por hacer. Lo trágico es que la persona debe hacer eso que le falta, desde sí misma.

La paideia se propuso formar ciudadanos. Ya se sabe: Su obsesión con la polis. ¿Por qué importa tener buenos ciudadanos? Para vivir en una ciudad que permita el despliegue óptimo de las potencialidades. Nuestras ciudades cada vez se alejan más de ese anhelo. Un hombre arremete a patadas el coche de una señora y le arroja café. La ira por doquier como evidencia del vacío educativo.

Sin educación, el ser humano queda a merced de su animalidad. Sin educación, somos una maraña de bestialidad y razón instrumental. El diagnóstico de Gilles Lipovetsky es acertado. El sociólogo francés denunció el abandono de la sociedad y de la cosa pública, como causa de un nuevo narcisismo, el del “individuo puro”, obsesionado consigo y que afronta la adversidad del mundo sin armas morales.

Muchos jóvenes llegan a la universidad habiendo superado todos sus desafíos morales gracias a fármacos y terapias. Su vida cada vez más queda a merced de externalidades. Su independencia está comprometida. En su camino hacia la maduración, es muy raro que se enfrenten a la derrota. Su recorrido escolar es una suma de pequeños triunfos sin condiciones.— (Artículo publicado en la web del diario “El Heraldo de México”, de CDMX, con el encabezado “La educación en ruinas” y el sumario “Sin ella, el ser humano queda a merced de su animalidad. Sin educación, somos una maraña de bestialidad y razón instrumental” – 21/XII/2019)

(1) Víctor Isolino Doval (columnista invitado) es Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra e investigador en la Universidad Pedagógica