Unos, porque los sismos derribaron sus hogares, y otros, por previsión ante los constantes temblores: Dura realidad

En este enero de 2020, Puerto Rico parece una copia al carbón del México que siguió a los terremotos de 1985 y el 2017.

Las calles de ciudades boricuas convertidas en dormitorio parecen idénticas a las de urbes mexicanas con sus moradores que durmieron al aire libre por haber perdido sus hogares o porque se sintieron más seguros en la calle.

Autos, catres y sillas de plástico se convirtieron desde el martes 7 de enero en camas temporales para cientos de familias que perdieron sus hogares en el suroeste de Puerto Rico en una serie de sismos, uno de ellos el más fuerte en más de un siglo.

El temblor de magnitud 6.4, justo antes del amanecer del martes 7, mató a una persona, hirió a nueve y dejó sin electricidad a toda la isla que es territorio estadunidense.

La mayoría de los puertorriqueños seguía sin electricidad este miércoles por la mañana.

Además, cientos de personas buscaron cobijo en refugios del gobierno en la región suroeste de la isla, mientras el Presidente de Estados Unidos Donald Trump declaró estado de emergencia y la gobernadora, Wanda Vázquez, movilizó a la Guardia Nacional.

Más de 200 personas se habían refugiado en un gimnasio tras un sismo el lunes, pero el siguiente temblor importante causó daños en la estructura del edificio y les obligó a dormir a la intemperie.

Entre ellos estaba Lupita Martínez, de 80 años, que se sentaba en el polvoriento estacionamiento con su esposo de 96 años. Él dormía en una cama improvisada, tapado con un abrigo azul oscuro.

“No hay luz. No hay agua. No hay nada. Esto es horrible”, dijo Lupita Martínez.

La pareja estaba sola y lamentaba que la persona que los atendía había desaparecido y no respondía a sus llamadas.

Como muchos puertorriqueños afectados por los temblores, Lupita y su nonagenario cónyuge tenían hijos en el territorio continental estadounidense que les instaron a mudarse allí, al menos hasta que la tierra dejara de temblar.  

Aunque las autoridades dijeron que era demasiado pronto para valorar los daños totales causados por la serie de sismos iniciada la noche del 28 de diciembre, señalaron que cientos de viviendas y negocios en el suroeste de Puerto Rico quedaron dañados o destruidos.

Sólo en Guánica, una población de unas 15 mil personas, casi 150 viviendas se vieron afectadas por el sismo, así como tres escuelas, incluida una estructura de tres pisos en la que los dos primeros quedaron destruidos por completo.

En Guánica “estamos enfrentando una crisis peor que la del huracán María”, dijo el alcalde, Santos Seda, aludiendo a la tormenta que devastó la isla en 2017.

Setecientas familias locales tenían sus casas en riesgo de derrumbe, señaló.

El temblor del martes fue el más fuerte en Puerto Rico desde octubre de 1918, cuando uno de magnitud 7.3 cerca de la costa noroeste provocó un tsunami y mató a 116 personas.

En la zona del sismo del martes por la noche se han registrado más de 950 sismos y réplicas desde el 31 de diciembre, aunque la mayoría eran demasiado débiles como para ser advertidos, según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, por sus siglas en inglés).

 Aunque es prácticamente seguro que habrá muchas réplicas durante la semana que viene, el USGS señaló que la probabilidad de un terremoto de magnitud 6 o mayor ronda el 22%.

En Guánica, algunas personas sacaron los colchones delante de sus casas o levantaron pequeñas carpas.

Las autoridades trataban de determinar dónde alojarlos y repartieron mantas, comida y agua a las familias reunidas en el gimnasio por segunda noche seguida.

Muchos llevaban sus pertenencias en bolsas de basura y se sentaban en inestables sillas de plástico. Algunos dormían. Otros abrazaban a sus perros y muchos simplemente miraban al vacío. Un anciano se pasó el día entero en su silla de ruedas, negándose a tumbarse en un catre.

Mientras tanto, un puñado de gente dormía en su auto, en sillas o en el suelo al agotarse los catres.

Ya le tengo miedo a la casa, dijo Lourdes Guilbe, de 49 años, mientras enjugaba las lágrimas y decía sentirse abrumada por atender a casi una docena de familiares reunidos a su alrededor, incluido su abuelo de más de 90 años, que estaba sentado en una silla de ruedas con su pijama verde y calcetines.

Lourdes Guilbe indicó que en su casa había grietas y la de su hija se había derrumbado, de modo que no estaba segura de dónde vivirían en los días siguientes.

Los psicólogos hablaron con Guilbe y con docenas de personas afectadas por los sismos, yendo puerta a puerta el lunes en los barrios afectados y después visitando a la gente en refugios el martes.

Entre ellos estaba Dayleen Ortiz, que colocó un altavoz en el techo de su auto para reproducir alegre música de salsa y repartió ceras y papel a los niños, además de instar a los adultos a superar el miedo.— (Redacción de HECHO DIGITAL, con información de la web del diario “Excélsior” – 08/I/2020)