Opina el recién consagrado Arzobispo Fermín Sosa, embajador de la Santa Sede en Papúa Nueva Guinea



POR ROBERTO ALCÁNTARA FLORES



A lo largo de la historia de la Santa Sede, sólo dos mexicanos han sido considerados para desempeñar la figura de Nuncio Apostólico; es decir, de representante del Sumo Pontífice en algún país: el primero, monseñor Luis Robles Díaz, originario de Jalisco, quien en la década de los 70 cumplió en Cuba con tan importante encomienda papal; y el segundo es monseñor Fermín Sosa Rodríguez, quien próximamente estará haciendo lo propio en un país de Oceanía.

Fue el pasado 31 de marzo cuando el Papa Francisco nombró a este yucateco como Arzobispo titular de Viruno y Nuncio Apostólico (el equivalente de embajador) en Papúa Nueva Guinea.

De manera que, para poder cumplir en forma con dicha tarea, el pasado día 19 monseñor Fermín Sosa recibió la ordenación episcopal en Izamal, su tierra natal, visitada en 1993 por Su Santidad Juan Pablo II.

Cabe señalar que la ceremonia de ordenación episcopal fue presidida, nada más y nada menos, que por el número dos del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede.

 

¿Quién es monseñor Fermín Sosa?

Hasta antes de darse a conocer dicho nombramiento en el L’Osservatore Romano (1), poco se conocía en México sobre este sacerdote de 53 años, por una simple razón: Casi la mitad de su vida ha servido a la Iglesia fuera del país, en la diplomacia vaticana: ya en calidad de agregado, ya como secretario o consejero en las nunciaturas de siete países.

Ahora, monseñor Fermín Sosa es el primer Nuncio Apostólico mexicano nombrado después del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre nuestro país y la Santa Sede.

En entrevista para “Desde la fe” (2), monseñor Fermín Sosa habla de su infancia –repartida entre Izamal y Mérida–, de su juventud, de su historia de fe, de su paso por el Seminario de Yucatán y de su formación en Roma.

Pero, sobre todo, nos comparte la manera en que Dios lo ha ido llevando por caminos inesperados, que no habría podido recorrer sin la confianza puesta en “Aquél que lo fortalece”, como reza su lema episcopal.

“¡Me gustaría ser sacerdote!”- Fermín Sosa nació en Izamal, la “ciudad amarilla de Yucatán”, el 12 de abril de 1968.

Aún era niño, cuando sus padres decidieron mudarse a Mérida, la capital del Estado; sin embargo, nunca dejó de visitar su tierra natal, por el apego que tenía con sus abuelos y demás familiares.

Fueron sus padres quienes le inculcaron la fe católica, que pronto llegó a ser en él una fe fuerte gracias al testimonio de algunas religiosas y sacerdotes que formaban parte de su familia materna.

En Mérida acudía a la parroquia ubicada a una cuadra de su casa, donde, con sólo 8 años de edad, ingresó al grupo de monaguillos y comenzó a crecer en el amor al servicio.

Recuerda que, a la edad de 10 años, su párroco lo invitó a servir como monaguillo en una boda que celebraría el entonces Arzobispo de Yucatán, Manuel Castro Ruiz.

Él acudió al llamado, y al término de la Misa se acercó al Arzobispo, y le dijo: “Me gustaría ser sacerdote”. El Arzobispo sonrió y lo bendijo.

Aquel acontecimiento se fue diluyendo en la memoria de Fermín; pero años más tarde, en un momento decisivo de su vida, volvería a presentarse el recuerdo, con toda la nitidez con que suelen revelarse las cosas de Dios.

Segunda llamada.- Después de haber sido monaguillo se involucró de lleno en los grupos juveniles de su parroquia; si se salía de uno, formaba o se metía en otro, pero siempre buscando crecer en la fe.

En Izamal se acercaba a los franciscanos para colaborar con ellos en sus actividades pastorales.

Cuando tenía 17 años, Fermín entró al grupo Rocamar, un apostolado dirigido a jóvenes solteros. Si bien había renacido en él la inquietud de ser sacerdote, jamás lo había comentado con nadie.

Por tal razón, cuando el secretario de la parroquia le dijo que el señor cura le mandaba a preguntar “si siempre sí iba a entrar al seminario”, se llevó una sorpresa que lo dejó helado.

“Estaba empezando mi carrera en el Tecnológico de Mérida –señala–, y todos los días al ir de camino a esta institución, pasaba a la parroquia para orar frente al Santísimo.

“Uno de esos días fue cuando el secretario, que era mi amigo, me hizo aquella pregunta de parte del párroco. Para mí fue un shock, pero a la vez entendí que era un signo”.

Fermín se negó a responder tal pregunta sin antes entrar a la capilla. Aquel día no fue al Tecnológico. Durante una hora estuvo orando ante el Santísimo:

“Tú sabes que tengo esa inquietud -le dijo al Señor-, tú eres el único que lo sabes, y hoy me llega esta llamada. Si eres tú, ¿quién soy yo para decirte que no? Sé que Tú me darás las fuerzas y los instrumentos para ser lo que Tú quieres que sea”.

Estando aún dentro de la capilla, Fermín recordó nítidamente la ocasión en que dijo al Arzobispo Castro Ruiz que quería ser sacerdote.

Todo parecía indicar que, efectivamente, se trataba de un llamado del Señor. Estaba dispuesto a aceptarlo en ese preciso momento, pero bajo una condición a manera de prueba: Que el secretario de la parroquia se animara a ingresar junto con él al seminario.

Esa era la gran prueba, pues sabía de sobra que su amigo no tenía ninguna intención de ingresar al seminario, que solamente Dios podría lograr que esa condición se cumpliera.

Salió de la capilla y dijo al secretario: “Yo entro al seminario, pero sólo si tú también entras”. “¡Sí entro!”, fue la respuesta contundente de su amigo.

Y ahí comenzó el itinerario vocacional de Fermín. Sus padres se enterarían tiempo después de su cambio de rumbo en la vida, cuando le fue imposible seguir ocultándolo.

Un viaje sin retorno.- Cursaba el cuarto año de Teología, cuando el entonces Arzobispo de Yucatán, Emilio Berlié Belauzarán, le informó que había sido elegido para ir a estudiar a Roma; pero no como todos los sacerdotes que se especializan allá y regresan a sus diócesis; él iría a estudiar a la Pontificia Academia Eclesiástica y a la Pontificia Universidad Gregoriana, para después quedar al servicio de la Santa Sede. “Ya no regresarás a México”, le aclaró.

“Aquello me sorprendió porque uno se prepara para ser sacerdote en parroquia y trabajar con los jóvenes y con los matrimonios. Estando en Yucatán, uno jamás se imagina que lo puedan invitar a participar en eso. El Arzobispo me dio una semana para pensarlo”.

En esa semana estuvo recordando insistentemente aquella ocasión en que estuvo orando en la capilla previo a tomar la decisión de ingresar al seminario, y nuevamente dijo:

“Bueno, Señor, si tú me lo estás ofreciendo, debe ser por algo. Si yo no elegí esto, ¿quien soy yo para decirte que no?”

De Roma al mundo.- “Como estudiante -platica monseñor Fermín-, te entregas a tus estudios. Yo vivía en la escuela diplomática, que por cierto es la más antigua del mundo; ahí estudiaba Derecho Internacional, Derecho Eclesiástico y Estilo Diplomático; por otra parte, en la universidad estudiaba Derecho Canónico”.

Recuerda que para él era muy pesada aquella carga de estudios, tanto que a veces dudaba poder llevarlos adelante. “Vinieron las dudas en ese tiempo: ‘¿será que pueda con esto física e intelectualmente?’ ‘¿Es realmente el estilo de vida que quiero para mí?’. Pero siempre terminaba diciendo: ‘Señor, tú me llamaste, y si te dije que sí, es para hacer tu voluntad. Tú me das las fuerzas’. Y seguí”.

Finalmente concluyó sus estudios, entró al servicio diplomático, y vino la primera encomienda en el 2003: Agregado a la Nunciatura Apostólica en Papúa Nueva Guinea.

Ahí vivió una realidad complicada, pues no podía salir de la nunciatura debido a la situación que vivía en ese país insular: su condición de extranjero, las enfermedades en la población, los conflictos sociales, “eran muchas las dificultades”, recuerda.

Lo mismo le ocurrió después en África, en Costa de Marfil, donde estuvo por cinco años en una etapa del proceso de paz, pero aún con guerrilla. “Yo salía a caminar, y cada cien metros veía una barricada de soldados “.

De ahí partió a Burkina Faso, un país sumamente pobre. De esa nación recuerda a su gente con especial cariño: “Lo primero que hice ahí, fue comprar mi bicicleta, me sentía libre. Pero el primer día se me ponchó la llanta en medio de un mercado; no sabía dónde estaba, aún no hablaba bien el francés y no conocía a nadie, pero la gente se me acercaba cordialmente para ayudarme. Nunca me sentí solo, acechado o amenazado, pese a que era un país mayoritariamente musulmán. Había mucha fraternidad entonces”.

Después de Burkina Faso, el servicio diplomático de la Santa Sede lo envió a Canadá, Estados Unidos y por último a Serbia.

“En todas estas experiencias y realidades –explica monseñor Fermín Sosa– Dios siempre ha estado presente, y me ha dado esa capacidad de poder salir adelante. Hubo muchas situaciones en las que tuve que pedirle que actuara, porque de otra manera no se hubieran podido resolver. Y en todos los casos fui viendo cómo se iban solucionando. La mano de Dios siempre ha estado presente, y lo he visto en cada país”.

Principios de monseñor Sosa.- En su vida sacerdotal, monseñor Fermín siempre ha seguido dos principios fundamentales, con los que no sólo ha podido adaptarse a las distintas realidades, sino que incluso ha llegado a amarlas.

Explica: “Como sacerdote debes amar dos cosas: la primera es (la referente a) las misiones. La misión es el ADN de la Iglesia. Si desde el seminario no amo las misiones, entonces soy un sacerdote manco. Porque la misión no se hace en África, en Oceanía o en Europa, sino en la propia realidad, ya que la evangelización debe estar presente en todas partes”.

Y concluye: “La otra cosa que debe amar el sacerdote, sobre todo en el servicio diplomático, es la aventura. ¿Qué significa ser un hombre de aventura? Es aquel que, en un lugar desconocido, ve las situaciones como retos, no como problemas; y sabe que con la ayuda de Dios va a tener esa capacidad de buscar las respectivas soluciones. Estos retos van llenando tu vida y tu vocación”.

Así, monseñor Fermín (3) regresará ahora a Papúa Nueva Guinea como Nuncio Apostólico. Hay quienes dicen que el primer amor nunca se olvida, y por lo menos eso le ha pasado a él con este país, al que fue enviado al principio de su vida diplomática.

“Es un país que amo muchísimo. Tengo muy buenos recuerdos, tengo muchos amigos allá, conocí gente muy buena; los prejuicios que tenía para llegar allá hace 19 años quedaron superados pronto. ¡Ahora vuelvo con mucha alegría!”.- (Artículo publicado el 10 de junio de 2021 en el semanario “Desde la Fe”, editado en Ciudad de México, con el encabezado “Un yucateco en las ‘grandes ligas’ de la diplomacia vaticana”)


(1) L´Osservatore Romano es el periódico oficial de la Santa Sede

(2) “Desde la fe” es un semanario considerado como el órgano oficial de prensa de la Arquidiócesis Primada de México

(3) El nuevo Prelado ofició este viernes 25 de junio una misa cantada en la parroquia de María Inmaculada, la cual concelebró con los presbíteros Cristian Uicab Tzab, Armando Obregón y Jorge Oscar Herrera. Al día siguiente, hizo lo mismo en el Seminario de San Ildefonso


| HECHO DIGITAL | CDMX | 27 – JUNIO – 2021 |