¿Desde cuándo los mexicanos somos un pueblo que vive más tiempo en la calle que en su casa?

Ya teníamos una idea de esta costumbre desde hace unas cuantas décadas, pero sólo hemos constatado su magnitud con la crisis sanitaria derivada del coronavirus.

Desde luego, mucho tiene que ver la industria de la construcción que desde hace unos treinta años construye “palomares” que define engañosamente como “viviendas de interés social”.

¿Qué “interés social” –nos preguntamos— puede tener una “casita” o departamento de 50 o 60 metros cuadrados para tres o cutro moradores?

¿Qué atractivo puede tener una recámara de 3 por 3.2 metros cuadrados?

Y no sólo eso, sino la escasa imaginación del arquitecto mexicano promedio para sacar el máximo provecho a espacios pequeños.

Por ahora, la consigna de “quédate en casa” ha funcionado, a regañadientes, no porque tengamos un lugar acogedor de la puerta de nuestra casa para adentro sino porque le tenemos excesivo miedo a la muerte o gran aprecio a la vida. Como lo quiera ver usted.

Pero no puede ser, es un despropósito, vivir hacinado ¡en tu propia casa!— (Análisis de HECHO DIGITAL – 1/V/2020)